Blanco dentro de blanco

Por Marco Granados

Septiembre de 2010.




I.- En 1918 mientras los dadaístas empezaban a tomar notoriedad en Europa y Marcel Duchamp jugaba a desafiar las reglas establecidas en el mundo del arte, particularmente el neoyorkino; lejos de ahí, Kazimir Malévich pintaba su “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” que no era otra cosa más que un compendio de una variable pictórica entonces ya conocida como suprematismo.


Esta era una corriente que pugnaba por una simplificación de la abstracción y buscaba la respuesta sensible a partir de ello. De hecho en su texto “La luz y el color” de 1923 Malévich menciona: “La revolución pictórica ha cumplido un gran trayecto hasta el último límite, al lado del cual, viene el mundo blanco incoloro de las igualdades.”


II.- En la psicología del color queda determinado que el color blanco es el que posee una mayor nobleza ante la luz, el que mejor la define. Se advierte que es la suma de todos los colores y por tanto refiere a la unidad. Por otro lado también se le adhieren significados de paz y pureza.

Eso mientras que en las culturas orientales además sugiere el amor divino y la transición definitiva hacia la otra vida. Es en resumen un área contrapuesta entre ser un referente de humildad y creatividad, o uno del vacío absoluto, de la nada.


En la vida diaria se manifiesta permanentemente asociado a la higiene, la salud y el bienestar. De ahí que lo encontremos aplicado a productos que pretenden ayudarnos a lograr ese equilibrio que –sobretodo en occidente- es cada vez más extraño y lejano.


III.- De hecho en la búsqueda de esos remansos y en medio del enorme bombardeo de información mediática hemos llegado al extraño fenómeno de requerir auxiliares en la encomienda de encontrarnos con nuestro yo interno. Más aún con nuestro niño interior que es aquel que define muchas de las condiciones que en lo emocional y lo espiritual nos hallamos.


Muchos de los ejercicios para ese fin proponen que acercarnos a un estado de paz esta íntimamente relacionado con la búsqueda de la pureza y para fines prácticos sugiere pensar o relacionar todo con el color blanco. Blanco como punto de partida y blanco como puerto de llegada.


Más allá de lo que podamos o queramos asignarle de credibilidad a estas cosas, la realidad es que de cualquier forma se trata de indagar lo más profundamente posible dentro de nosotros mismos, acceder a ese espacio donde florece una suerte de jardín interior.


Estas y otras ideas me vienen a la cabeza en relación a la propuesta de intervención en sitio que María Fernanda Barrero propone para la Galería Alternativa Once. Barrero quien desde hace tiempo trabaja principalmente con el papel como base fundamental de su proyecto artístico “blanquea” en su totalidad los espacios de la galería con la ayuda de papel blanco, simple papel blanco. Crea así una enérgica pero a la vez sutil instalación en sitio específico que propone desaprenderse de todo al momento de ingresar al espacio expositivo.


La respuesta a la experiencia estética se ubica en un punto en el que el asunto de lo sensorial se vuelve unipersonal. Puede entonces generar en cada uno desde un sentimiento de remanso y bonhomía, a uno de aprensión o incomodidad, así como tantos otros momentos y sentimientos pueda alguien ser capaz de tener al estar dentro de la sala. Incluso manifestando una respuesta especifica a un momento igualmente especifico, dejando así la invitación abierta a regresar a la muestra en distintos momentos.


La pieza además plantea un reto a la propia dinámica de la galería, esto en cuanto a la circulación del objeto artístico y su última parada que es la de exhibirse y ser adquirida. En este caso queda muy claro que la principal oferta del proyecto de Barrero es la de transaccionar experiencias sensoriales vívidas, versus respuestas inmediatas. De esa forma entonces resulta factible ubicar una plusvalía estética y emotiva que conlleve un interés que rebase lo meramente contemplativo.


Hoy día que en muchos momentos y de muchas formas el arte actual se ha vuelto una herramienta al servicio de la espectacularidad de lo trivial, lo banal y/o lo ofensivo, resulta estimulante y esperanzador asistir a una invitación como la que nos hace el trabajo de María Fernando Barrero de ir al reencuentro con uno mismo, con los materiales y las emociones que de tanto y poco a poco hemos ido guardando en cajones mal cerrados y sin candado alguno.


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